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La desaparición de los glaciares al final de la última Edad del Hielo modeló gran parte del paisaje de Porto. Allí donde el hielo excavó cubetas y depresiones surgieron lagunas de montaña, mientras que en muchas de ellas comenzó un lento proceso natural que dio origen a uno de los ecosistemas más singulares y valiosos de Europa: las turberas.
Las turberas son humedales formados por la acumulación de restos vegetales durante miles de años. Funcionan como auténticos archivos naturales capaces de conservar información sobre el clima, la vegetación y los cambios ambientales ocurridos desde tiempos prehistóricos.
El municipio de Porto alberga uno de los conjuntos de turberas de alta montaña más importantes del noroeste de la Península Ibérica. Entre ellas destacan las turberas del Moncalvo, Alto Tera, Valdecasares, Majadavieja, Maseirón, Aguas Cernidas o la turbera de la Clara, muchas de ellas incluidas en el Catálogo de Zonas Húmedas de Castilla y León.
Además de su extraordinario valor ecológico, las turberas desempeñan una función esencial en la regulación del agua. Actúan como grandes esponjas naturales que almacenan las precipitaciones y las liberan lentamente durante los meses más secos, contribuyendo a mantener el caudal de ríos y arroyos.
Estos humedales también son importantes aliados frente al cambio climático. Aunque ocupan una superficie muy reducida, almacenan enormes cantidades de carbono acumulado durante milenios.